El Villarreal se ha hecho mayor. La historieta de "esa localidad de 40.000 habitantes que asombra a todo el mundo" ya no conmueve ni al niño más cándido de la localidad. Los de Pellegrini suben un escalón en calidad y competitividad cada temporada y ayer el Real Madrid se las vio y se las deseó para crearle algo de peligro al discutido Viera. El equipo castellonense no se conforma con ser un matagigantes. Él es el coloso ante el que deben tener cuidado los grandes de esta Liga y ya lo demostró el año pasado poniendo a los blancos contra las cuerdas.Al mando, el emperador Riquelme. Los deslumbrantes fichajes de Emerson o Diarra engrandecen aún más su figura. Maneja a su antojo los tiempos y tiene el balón pegado a su pie con cemento armado. Es el jefe de un Villarreal que, lejos de lamentarse de las ausencias de futbolistas del nivel de Pires, Gonzalo o Josico, planta cara a los de Capello y, lo mejor, sin que a nadie le sorprenda. Ésta es la grandeza del Submarino, cuya prueba de fuego es reponerse del varapalo de no estar en Europa. La otra asignatura pendiente: el gol. Y éste tiene nombre y apellidos, Diego Forlán. Si el uruguayo vuelve por sus fueros, el Villarreal tiene medio hecho el camino hacia el éxito.

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